¿Dejad que los niños vengan a mí? Sobre el abuso sexual en la Iglesia católica costarricense

Por: Daniel Vindas

The Altar boy photo by Louis Briscesez

“Nos ponía a ver pornografía” dice literalmente uno de los testimonios de Maikol Rodriguez Solera hombre de 39 años, narrando uno de los artilugios que utilizaba el actual sacerdote imputado Mauricio Víquez, quien hasta el momento huyó de nuestro país sin someterse al debido proceso en torno a sus acusaciones. Son casos que van desde los tocamientos hasta la violación. La figura del padre Víquez era imponente, argumenta Rodriguez, sobre todo tratándose de la edad psíquica y el tamaño de un joven de 13 años, aunque el mismo Mauricio asegura que el padre Víquez era capaz de intimidar a otros adultos. Tenía, además, pesadillas con aquella figura de poder que, supuestamente, debería encarnar el amor de lo que se ha entendido como Dios. Hechas las denuncias canónicas, le fue diagnosticado como necesitado de “Guía espiritual” es decir, se tomo por victimario a la víctima, como miembro torcido de la religión de Cristo, asimismo como una persona con problemas emocionales, un desviado social, como se le llamaba en tiempos de Jesús a una persona despreciada por la comunidad. José Rafael Quirós, actual arzobispo de la arquidiócesis de San José, fue quien le ofreció a Anthony Venegas Abarca, otra de las víctimas, la ayuda espiritual y psicológica mencionada, según narra Maikol Rodriguez en la entrevista en mención, realizada el miércoles 13 de febrero en SINART, canal 13.

Este tipo de casos son parte de un problema mundial que afronta aquella famosa «societas perfecta» instaurada con más prepotencia que nunca en el Concilio Vaticano I del siglo XIX, y su consecuente dogma de la infalibilidad papal. Esa infalibilidad, esa intocabilidad, no solo le ha pertenecido a los sumos pontífices sino a toda la comunidad eclesiástica de clérigos que, a modo de rizoma, traspasa la investidura y el anillo del arzobispo Quirós y del mismo Víquez, es decir, la Iglesia costarricense tiene aún un aroma a siglo XIX, añejo y autoritario en torno a su curia romana. El ya manoseado derecho canónico le ha permitido a la Iglesia, a nivel mundial, encubrir de la justicia civil, a quienes cometan abusos sexuales, cuyo supuesto castigo es un cambio de parroquia.

Pero, existe una directriz jerárquica, si se quiere colegiada, para este tipo de supuestas sanciones, sellada por la misma infalibilidad papal, se trata de la epístola Delictis Gravioribus (2001) escrita por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, el mismo que impulsó canonizar a Pío XII, el Papa de los nazis, y quien aseveró que los pueblos originarios de América «anhelaban» la colonización, este mismo fue además el director, máximo jefe de lo que en la Edad Media fue la inquisición y actualmente llamada Congregación para la Doctrina de la Fe desde 1985 hasta 2005 cuando el entonces prefecto fue llamado a ser Papa. Esta Congregación fue la que promovió, administró y trató los casos de abusos desde el 2001 en países como Irlanda, Estados Unidos y Alemania y otros países, donde Costa Rica no parece ser la excepción. De manera que, en los últimos veinte años se ha mantenido en secreto permisivo el más atroz abuso sobre niños, adolescentes e inclusive algunas monjas dentro del clero católico.

Así pues, nos encontramos ante un hecho denunciable, en primer lugar, a nivel jurídico, pero también a nivel ético, teológico o si se quiere espiritual. Cuando Jesús le da lugar a los niños dentro de su comunidad de itinerantes, subvierte todo el orden social. En primer lugar, porque la niñez era el más alto símbolo de la vulnerabilidad en una sociedad israelita marcada por la guerra y el hambre, donde el 60% de los niños morían antes de los 15 años, peor aún si eran hijos de alguna mujer sola y campesina. Este es el contexto en el cual Jesús pide que los niños se le acerquen en el mediterráneo del siglo I, porque probablemente eran hijos sin padre, y de alguna mujer campesina y pobre, el hecho de tocarlos como dice Marcos 10, 13-16 es una forma de ofrecer patronazgo a seres vulnerables, curioso además la idea de un Jesús afectivo y en público, cosa que no era la norma en el varón mediterráneo del siglo I. Los mismos niños varones a la edad de 8 años salían a la calle con sus padres a padecer toda la hostilidad que debía afrontar un varón adulto, en el caso de las niñas, su destino era pasar de la casa de su padre, a la de su marido, siempre a la sombra de algún varón.

Todo lo anterior, brevemente ilustrado, permite ver la gran diferencia entre el Jesús que da un lugar social a los más vulnerables y quienes supuestamente son sus representantes en la Iglesia del siglo XXI. Quedarse en la imagen del Jesús que abraza es una imagen demasiado romántica, incompleta, pretenciosa, porque el mismo cura que abusa y viola también abraza. Lo que importa acá es el lugar social que el galileo da a quienes no tienen nada, y los pone de ejemplo para el nuevo mundo. Por lo tanto, la denuncia de quienes abrazan vilmente la inocencia de un niño, es más que urgente. Sobre todo porque la vulnerabilidad sigue siendo muy parecida a la de un niño del mediterráneo del siglo I, sobre todo en latinoamerica y el resto del tercer mundo, donde un niño o niña podría ver en su necesidad afectiva una figura paternal en el rostro de aquel sacerdote, en la sacralidad de una homilía, en la imposición de manos como señal de acuerpamiento y protección, sin embargo nada de esto está pasando en el mundo ni en nuestro país, y cada vez que un jerarca calle o culpabilice a la víctima, como ha hecho el arzobispo Quirós, Cristo estará destinado a retorcerse en su tumba o jamás en la vida resucitará en las manos de aquellos que mientras abrazan, también violan. 

Sobre el autor: M.E.T. Daniel Vindas. Académico EECR-UNA. Costa Rica. Email: [email protected]